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En la Cueva de Zoar, voy a cavarte.
Te voy a comer como una fruta.
Isis celestial serás para mis manos.
Astarté ardiente serás para mi boca.
Subiré a tus muslos, penetraré los cielos.
Míos serán tus pechos y tus nalgas,
tus curvas deliciosas, mías.
Nunca diré: ¡No te quiero;
o que una ofrenda de fuego te consuma!

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.

Tu nombre
(en clave)
aparecía
en todos mis poemas.
Tuviste que adivinarlo.
Era imposible
que no lo supieras.
Era fácil saber
que fuiste la primera
en romperme el corazón.
Tan sólo pude arrancarte
un miserable beso.
Y aún me acuerdo
del primer día
que te vi.
Las palabras
no conseguirán
hacer esto
más fácil.
Te sigo
recordando.

Cuando fuimos los mejores
Los bares no se cerraban
Cada noche en firme
A la hora señalada
Cuando fuimos los mejores
Las camareras nos mostraban
La mejor de sus sonrisas
En copas llenas de arrogancia
Cuando fuimos los mejores
Nuestro otro yo nos acechaba
Mercaderes de deseos
Habitantes de la nada
Cuando fuimos los mejores
Dejamos de ser nosotros
Lo peor que llevas dentro
Se refugia en tu mirada

Siempre estará la noche, mujer,
para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido,
desnuda con la exacta y terrible realidad
del gran vértigo que te destruye.
Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós
de un solo tajo.
Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote
en el aire para no decirte nada,
como dicen en el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.
Gonzalo Rojas

Preferir los hoteles -cuatro estrellas mínimo- al camping. Dejar de ser tan apasionado con las opiniones para empezar a ser más políticamente correcto. Tener medio sex-shop en casa. Disfrazarse en los carnavales sin necesidad de ponerse la máscara, - ya empieza a ir incluida una natural-. Aburrirte cuando te quedas solo en casa. Empezar a ver las orgías como algo ridículo. Tener gatillazos. Engancharse al clamoxil. Intentar vivir una historia de amor con alguien más joven (¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?). Intentar enamorase de alguien más mayor por su interior sin antes comprobar sus posibilidades exteriores. Empezar a afeitarse todos los días. Ver a los antiguos compañeros de estudios casados, con hijos, con barriga y con bigote -el tiempo siempre pasa para los demás-. Desear que a Brad Pitt le salga un grano. Comprobar que las gominolas sobadas tienen más sustancia y mucho más sabor (están mucho más ricas). Ir a Ikea y no comprar nada. Ir a Ikea y comprar un vajilla japonesa de treinta piezas. Ir a Ikea. Engordar. Leer los editoriales de los periódicos. Recoger los calcetines enrollándolos de dos en dos. Los dolores de espalda. Los dolores de cuello. Los dolores de piernas. Saber que ni Alaska ni José Manuel Parada formaron parte del Duo Dinámico. Saber quien es el Duo Dinámico. Presumir de lo bien que uno cocina en la intimidad. Los dolores de alma. Saberse el nombre de la Ministra de Cultura. La afición por los productos naturales (a poder ser con bífidus), la leche con calcio y los tés adelgazantes. Decirle a todo el que quiera oírte lo bien conservado que estás. Tener un tubo de hemoal en el botiquín. Creerte que Madonna canta. Empezar a abstenerse en cualquier votación, elección y/o referéndum (la abstención y la abstinencia suelen ir unidas). Ponerle esencia deloquesea al agua de la bañera. Coleccionar cosas viejas e inútiles (la empatía suele funcionar). Empezar a creen que las cremas antiarrugas funcionan después de haber estado toda la vida pensando que los milagros no existen. Coleccionar cremas antiarrugas por si acaso alguna funciona. Tirar la toalla con el inglés. No meterse en la oreja nada que no se compre en la farmacia. Fingir que has leído a todos los clásicos y que te estás aficionando a la música idem. Conocer el nombre del médico de la seguridad social que te corresponde. Empezar a desterrar aquellos tontos principios contra Gucci, Chanel, Dior, Valentino o Louis Vuitton. El sueño que te entra después de comer. El sueño que te entra a las diez de la noche. El sueño que te entra siempre y en todas las partes.. menos cuando quieres que te entre. Preferir el Corte Inglés al Rastro. Saber poner la lavadora. Pensar en hacer testamento. Subir siempre en ascensor. No darle importancia a que el coyote sea incapaz de alcanzar al correcaminos. Pensar en volver al gotelé. Cambiar de colonia. Apuntarte a un gimnasio. El aumento de las cartas del banco cada vez que abres el buzón y que resulta ser directamente proporcional a los meses que vas cumpliendo. Empezar a usar la escobilla del retrete. Comprobar que la talla 38 de los pantalones la hacen cada vez más pequeña. Escribir un blog y ser capaz de mantenerlo más de dos semanas. (Peluche)

Ya con el tiempo empecé a espiarte más seguido y aunque nunca te enteraste, fuiste mi primera mujer.
¡Y no te imaginas lo que te hice y en que lugares te lo hice! En un tanque de guerra, en el carro de tu papi, en un cohete espacial y hasta una vez, me acuerdo, en medio de la cancha del Estadio Nacional y con toda la tribuna coreando mi nombre (ni modo, la selección había ganado y merecía un homenaje).
A veces, miro la palma de mi mano y la nostalgia de tu recuerdo me invade. Y aunque debo aceptar que te fui infiel algunas veces; el bañito azul, el del fondo, es testigo de que siempre, inevitablemente, regresaba a ti.
Buenas épocas. Sería injusto decir que no fui feliz por entonces.
Disfrutaba desde mi ventana, clandestina o abiertamente. Sea para espiarte a través de la rendija que ofrecían tus cortinas semiabiertas o sea también para seguirte con la mirada hasta que tu imagen se perdía al voltear la esquina.
Por entonces ya empezabas a salir solita. Ibas a la bodega, a pasear con tus admiradores y hasta una vez te vi bajar, sin compañía alguna, del bus.
Pero fue recién cuando te hiciste ese corte de pelo cuando comprendí que estabas creciendo. Así pintadita, tus ojos parecían uvas sin cosechar, y tus pecas indescifrables, puntos suspensivos.
Y crecías por acá y por allá. Y más crecías y más apretados eran tus jeans. Y más crecías y más corto te quedaba el polito.
Y más crecías… y yo más imaginativo que nunca allá en el bañito azul, el del fondo, rindiendo homenaje a tu ombligo; porque, aunque ni cuenta te dabas, no dejaba de mirarte.

Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor, sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad y un manojillo de escarcha.

Rubia,
altiva,
de ojos claros,
risueña,
temperamental.
Reina
(católica)
de mis noches.
Flor de pecado.
Sin remordimientos.
– Describe la perla por la que arriesgarías tu vida allá en lo hondo –le pedí al joven buceador de pulmones de acero.
– No sé como es esa perla –me dijo–, pero puedo describirte la muchacha a quién se la regalaría.

Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida...
Gota de vinagre derramada, fatalmente derramada,
sobre todas tus heridas.
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve
rosa marchitada por la nube que no llueve.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza
que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
que no llora, que se echó a morir.
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