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Aquel mensaje que no debió haber leído
aquel botón que no debió haber pulsado
aquel consejo torpemente desoído
aquel espacio, era un espacio privado.
Pero no tuvo ni tendrá la sangre fría,
ni la mente clara y calculadora,
y aún creyendo saber en lo que se metía
abrió una tarde aquella caja de Pandora.
Y la obsesión
desencripta lo críptico
viola lo mágico
vence a la máquina;
y tarde o temprano
nada es secreto
en los vericuetos
de la informática.
Leyó a mordiscos en un lapso clandestino
tragando aquel dolor que se le atragantaba,
sintiendo claramente el riesgo, el desatino
de la pendiente aquella en la que se deslizaba.
Y en tres semanas que parecieron años
perdió las ganas de dormir y cinco kilos,
y en flashbacks de celos aún siguen llegando
las frases que nunca debió haber leído.
Y en esa espiral
la lógica duerme,
lo atávico al fin
sale del reposo;
y no hay contraseña,
prudencia, ni pin,
que aguante el embate
de un cracker celoso.

Las estrellas descienden en apariencia
gracias al telescopio
fabricado por los jinetes
de los medios masivos de comunicación
que ofertan la epidermis del otro;
lo mismo para concebir un paradigma sexual
que jamás podrá ser concretado,
como para adentrarnos en la vida
de quienes debieran no importarnos
y no obstante nos conciernen
gracias a esa presunta aproximación
y conocimiento del espacio exterior.

Bajábamos desde Tirso de Molina hacia la Puerta Cerrada, por Los Mayores, cuando se aferró a mi brazo. Disimulé el escalofrío de felicidad. Me preguntó:
—Bueno, ¿qué?, entonces ¿me vas a contar lo de la copia algún día? —me dijo alegre mientras me apretaba con la mano—.
Me paré y la hice que se parara.
—Yo no podría negarte nada —le respondí—.
La miré a los ojos y me lancé a besarla.
—Espera, espera —miró alrededor—. Vamos a mi casa. Está cerca.
En ese momento no me di cuenta, pero luego al recordar esa escena caí en la cuenta. Cuando miró a los lados, detrás, no muy lejos, apoyado en el quicio de un portal, nos miraba la mujer del pelo rojo que había estado a mi izquierda en la biblioteca.

La casa contaba a quien quisiera escuchar que aquel pobre hombre había amado a la mujer retratada hasta la locura, y que la locura del hombre no había sobrevenido precisamente por amar. El problema no había estado en amarla. El problema nunca estaba en amar, amar era sencillo, lo sabía por experiencia. El problema estaba en tener que dejar de hacerlo.

Tu boca puede más que mi cordura
y me tortura la tentación,
con sólo imaginar que tu me besas
ardo en intensa fiebre de amor.
Mi vida es una llama que se inflama
al soplo de una racha de pasión.
Y un ansia que no deja pensar nada,
un ansia atormentada, me arrastra en su turbión.
Muriéndome de amor (Sucher/Bahr)

ninguna rosa
ninguna agua benéfica
en el caldeado mediodía
sólo arena y sol
el cementerio
¿qué lejana huella
de la pasión aún provoca?
Iván Carvajal

Qué pena
más grande,
amor:
que te recuerde
sin pena,
qué pena
que ya no hay cadena
que nos una a los dos...
¡Qué pena
que no fue nada
y todo lo pudo ser!
Manuel, el de Lole.

tanto daño
que el corazón
se quedó
ciego
atravesando
los pasillos oscuros
del hospital
donde cirujanos
sin rostro
extirpan
los sentimientos

Atrapado en el atasco, la ví esperando en la parada. Morena y muy arreglada, fumaba con cara de fastidio. Pensé que era demasiado guapa, demasiado bien vestida para montar en autobús. A su lado un enorme cartel anunciaba los últimos modelos de trenes de cercanias y ella encendía un cigarrillo tras otro, un poco desesperada. Había nacido para desayunar caviar y champan y pasar los veranos en un yate en la costa azul y nunca esperar a nadie.
Cuando decidí acercarme, un potente deportivo rojo paró a su lado. La recogió entre disculpas y se perdió en la avenida rugiendo el motor. El moderno tren del anuncio pareció mirarme con sorna cuando comprendí que yo no habia nacido para las princesas.
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