Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.

Porque
el deseo
es una tendencia constante
y la emoción
se hace crónica,
existe esta piel
salpicada de besos,
perdida en caricias,
arropada de cielos
cálidos y placenteros,...
desnuda
siempre
para ti,
tal y como soy,
sin más...

La que había sido consagrada a la Afrodita Vulgar, la diosa de las Dulces Nalgas, al igual que su madrina, Lysis de Mileto, recordó -siempre lo hacía- que una noche de tormenta, cuando era apenas una niña, unos piratas asquerosos entraron en la casa del Cerámico Exterior y la raptaron llevándola a una extraña tierra rodeada de mar, que nunca quiso saber cómo se llamaba.
Allí, a los tres días, fue comprada en el Mercado de Esclavos por una astuta matrona que, conocedora de su oficio, midió ancas, tetas y dientes, y supo que podría disponer de una nueva quinceañera en su prostíbulo, para placer de sus clientes.
Cuando llegaron a la casa, la niña, sin previo aviso, le tocó la frente a la vieja desdentada con el pulgar, y la alcahueta se mareó, escuchó sonidos agradables y murmuró, con los ojos en blanco, el conjuro que la otra le hizo recitar.
Juro por Lysis de Mileto y por la Atenea Calípige, que Arina, la Diosa de los Labios Ardientes tendrá su propia habitación y no permitiré que se sepa su forma de enamorar a los clientes. Ella, por su parte, jura que será la que más monedas me aportará. La defenderé con mi propio cuerpo y si fuera necesario, para que conserve su secreto, la protegeré hasta de mí.

Una chica enterrada en un desierto de cristal. Las pequeñas esferas, transparentes, la atrapan, la muestran, de momento, a oscuras en esa pequeña pecera. Viste un chemisier, pero eso no importa. Hasta ahora, fue el silencio. De repente, cuando el juego tan infinito como retorcido de lamparitas de toda forma y color, dispuestas como flores de tallo metálico, empieza a encenderse, las intensidades varían. La chica del desierto de cristal se incorpora, mira algo ubicado en un más allá. Se despereza, vuelve a mirar, debe escuchar algo, pensar bastante y esperar demasiado. Y, aunque nadie sepa qué es, todos pueden sentir en la piel el peso de esa expectativa. Los foquitos siguen su juego. Enciende, apaga, desvanece, reaparece. Caminando algunos pasos más hacia el fondo, en esa mezcla entre pasarela y pasillo, un cristal opaco deja entrever, negando con la perversión del objeto de un voyeur, la espalda desnuda de un hombre. Allí, en ese cuarto, también está la oscuridad. La chica, la del principio, ahora sufre. Algo la angustia, pero ese rostro, esos gestos, con el zumbido incesante de fondo, con esos pequeños respiros como de música electrónica, pueden convertirse en cualquier otra cosa. Una experiencia perceptiva, sensorial, emotiva, pero de emoción pura y exclusivamente corporal. Entra por los ojos, por los oídos, por la memoria del hombre desnudo que camina hacia el fondo de su encierro lentamente; que regresa a su vidrio, que parece escuchar algún rumor detrás de una pared, mientras un tanque de agua se recarga. El pasillo sigue: un espacio algo más pequeño que los anteriores, incorporado a la pasarela (a diferencia de la distancia que lo separaba de los demás). Algunas personas se acercan, buscando la imagen, y sólo encuentran dos voces.

Algo civilizado
que demuestra
que el placer
puede ser buscado
por sí mismo
Algo que nos distingue
de los animales.
Como el clítoris,
la literatura
y el fuego

Sé mi hada
Cuida de mí
estos días
difíciles.
Te lo estoy
pidiendo
a ti.
No me falles.

El universo
se ha poblado de otros,
de encarnaciones
de mis propias pulsiones ocultas.
Había conseguido exorcizarlos
relegándolos a universos distintos,
a los cuentos de hadas,
a países exóticos,
a la cocina o al manicomio.
Ahora andan por las calles
y adquieren su materialidad
plena de extranjeros de tez fosca,
de mujeres que dejan atrás
sus ollas y quebrantos,
de gentes distintas a mí.
La asunción de la diferencia ajena
quizás me reconcilie
con mi propia y oculta diferencia.

Además
de guantes,
se recomienda
el uso
de cremas protectoras
y botas

Acordaos de los enojos
que me habéis hecho pasar,
y los gemidos;
acordaos que ya de mis ojos,
que de mis males llorar
están perdidos;
acordaos de cuánto os quiero;
acordaos de mi deseo
y mis sospiros;
acordaos como si muero
de estos males que poseo,
es por serviros.
Jorge Manrique

Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir: Mi amor, digas: Pescado frito; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni un solo instante, de lamerle la cerradura.

No puede ser que las palmeras se doblen
a acariciar la crin de los caballos
y los ojos de las putas sean tiernos
como los de una Venus de Lucas Cranach
no puede ser que el viento levante las polleras
y que todas las piernas sean lindas
M. Benedetti

Siempre supe
que envejecería contigo.
No me preocupaba
que siguieras con él,
que yo no estuviera contigo.
Siempre supe
que envejecería contigo.
Y nos hemos hecho viejos.
Demasiado tarde
para envejecer
contigo.

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

Antes de ayer
Perdita me comentó
que comer piña en almíbar
hace que tu sabor vaginal
sea mucho más dulce.
Nos despedimos en el metro,
fui al súper,
me compré tres latas de piña
y me las comí para cenar.
Luego,
por la mañana,
me toqué,
me chupé los dedos,
pensé en ella
y sonreí.
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