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Generalmente se podrá pensar
que existe un solo tipo de amor,
como se dice “solo existe un amor”,
pero no debemos olvidar que
para que exista debe haber 2 personas,
una enamorado de otra,
las dos enamoradas entre sí
o ninguna enamorada de ninguna
(como mis abuelos a esta edad,
ya que ni siquiera se recuerdan
si son amantes, esposos, amigos, conocidos o primos)
y también he sabido que esa cantidad (2 personas)
puede aumentar
si es que la relación
se vuelve un poco más liberal.
Entonces al existir tantos tipos de personalidades,
se generan muchas clases de amor:
amor-odio, amor-platónico, amor-maniaco, amor-celoso, etc...

...
Me endiablaste con tu nalga
Me gustas bruja
Para hacer diabluras embrujadoras
Por que el mundo es nuestro suelo
A veces volamos
A veces mundeamos
A veces nalgueamos
Y solo haría lo que tú me dejases hacerte
Te miraría o te cuidaría
O te daría agua, solo lo que tú pidieses
Y mi cuerpo se resiste
Y te besaría entera
Desde tu nalga hasta tu otra nalga
Pasando por tus labios
Y quedándome en tus ojos
Reiniciando por tus pechos
Del uno al otro
Sin olvidar tus pezones
Y concentrándome en tu ombligo
Para recaer en tu espalda
...
Aceituna negra

Me llamo Martina, tengo treinta y cinco años, y diez euros en el bolso, que serán más que suficientes para pagar el café y el trozo de tarta que tengo delante. Me lo puedo permitir. Lo de la tarta. Es que hoy he comenzado mi enésima dieta. O más bien debería decir que horas después de no desayunar, he decidido postergar el inicio de mi enésima dieta a mañana. Y aquí estoy, frente a un trozo de tarta de queso con frambuesa, un domingo por la mañana, en la Latina.
La gente aún está volviendo de fiesta o esperando para empalmar el whisky de la noche con las cañas de por la mañana, y yo que estoy recién levantada, con la cara lavada y con mejor aspecto que todos ellos, en realidad estoy deshecha por dentro. Con la única compañía de mi tarta y esperando un café, me siento ajena a todos los que cruzan a mi alrededor. Me siento vieja y triste, fundamentalmente porque estoy sola y eso no lo va a remediar ni un bidón de café, ni ocho trozos de tarta.
Se ha sentado un chico en la mesa de enfrente. Es guapo. Seguro que tiene novia o, si me apuras, mujer y un crío. Me mira. Igual es éste. Qué cosas tengo, cada día parece que estoy más desesperada. Parece que está solo. La gente con pareja no baja sola a la Latina a desayunar un domingo por la mañana. Es algo más joven que yo. Lo tengo imposible. ¿Por qué me sigue mirando? ¿Se está riendo de mí? Voy a por el café, que creo que estoy empezando a ruborizarme y no quiero que se dé cuenta.
Ya lo tenían encima del mostrador. Un poco más y no tengo ni excusa para levantarme. ¡Mierda! ¿Por qué seré tan torpe? Si no me extraña…
-Perdona, lo siento muchísimo, tengo muy mal pulso.
-No te preocupes, es culpa mía, me he levantado sin mirar. Venga, te invito a otro café, y de paso pido cebralín, que sé de buena tinta, que tienen un bote guardado sin estrenar.
Casi no me ha dado tiempo a tomarte el café y la tarta, y ya me estaba besando. ¿Por qué serán tan incómodos estos cuartos de baño? Llevaba sin hacer esto desde los veinte años. ¿Y si fuera él? No he podido articular palabra. No he podido ni siquiera pensar más. Se ha ido corriendo, pero me ha dejado una nota. Un nombre y un número. ¿Llamo o espero? Si llamo se va a creer que soy una desesperada. ¿A quién quiero engañar? Soy una desesperada.
-Cariño, ¿estás en casa? Nada, voy para allá, me apetecía tomar el aire. Ahora te veo.

¡Sed fuertes en vuestro orgullo!
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